jueves, 29 de octubre de 2009

Un Casamiento con Klezmer en los años '60 (2)

Después de la Marcha Nupcial, la tijera y las palmas, llegaba el Vals. Los invitados aguardaban atropelladamente su turno para sacar a bailar a los novios. Todos ponían cara de foto para la posteridad (en blanco y negro, iluminadas por el incendiario y estruendoso flash de magnesio). Iankl y Rivke, estoicos, aguantaban sonriendo y girando sin pausa. Era una especie de ritual laico. Había que shvitzn, sudar hasta la extenuación.

Los mozos pasaban con canapés de arenque. Luego, los calentitos. Algún 'Cocktail San Martín', Primaveras sin alcohol y naranja Crush, cuya chapita tiraban al suelo y los nenes agarraban. Era un minúsculo anticipo de la pantagruélica cena que todos imaginaban, y esperaban ilusionados.
Un músico, despistado, pretendía agarrar al voleo un canapé. El mozo lo paraba en seco: "Deje eso ahí! ¡Esto es para la gente!"
Al comienzo de la escalera que llevaba al subsuelo donde se servía la cena, una barrera casi insobornable de fornidos mozos con saco blanco de 'Coppa y Chego' -ya tempranamente sudado- y moñito negro, frenaba a los que se querían colar.
"-¡El primer turno es para los mayores! ¡Usted, joven, es joven! Espere el segundo turno. ¡Vaya a bailar, vaya!", vociferaban, haciendo discriminación generacional a ojo. Y ojo: cada uno de los dos turnos era, por lo menos, para trescientos voraces comensales.

Habían repartido invitaciones a troche y moche. Sin 'tarjetas personales'. En 1960 todavía no se estilaba, hubiera sido un papelón. Como también era un shande, una vergüenza mezquina, hacer una 'Lista de Regalos' en la tradicional 'Casa Szapú'. Cada familia concurría, entonces, con todos sus hijos, sobrinos, primos, tías, bebés, vecinos y paisanos, trayendo directamente al salón un triste juego de seis (6) tacitas para café con sus platitos. Las cucharitas eran otro regalo.
Casi todos traían esos jueguitos, o mustios pares de veladores con pantalla de símil pergamino. Tendrían veladores y tacitas hasta la eternidad, pero se vengaban regalándolos en otros casamientos.

En la avalancha de famélicos, Moñe Fainmench, un 'Dirigente Comunitario', fue lerdo. No tuvo otro remedio que sentarse con su numerosa familia a una mesa, (en verdad, un largo tablón sobre caballetes llamado 'peine') cerca de la escalera, lejos de la prestigiante cabecera. Para ser sinceros, a él le daba lo mismo. Moñe, en ésta como en todas las fiestas, se pasaba la noche entera con un plato hondo en la mano, recaudando para las instituciones. El Keren Kayemet, los Comedores Populares, la Campaña Unida, una escuela, el Asilo, cualquier benemérito organismo que fuere. Se peleaba con los que pasaban el platito para el infaltable aviso de felicitación del domingo siguiente en el diario más importante, el 'Ídishe Tzaitung'. Pero estos mangueros tampoco tenían paz. Había otros klaltiers pidiendo adhesiones para el aviso en 'Di Presse', el diario de los linke, los izquierdistas.
El padrino imploró -al cuete, obvio- "-¡Moñe, ot mir rajmunes, téngame piedad, no moleste a los invitados: yo pongo por todos!", y Fainmench le contestó, irreductible: "-Mejitn, tengo una idea mejor: usted ponga, ¡y lo agregamos a lo rejuntado!". No había caso. Para Moñe mangar era una sagrada misión, una vocación, una pasión...

(Continuará)

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