domingo, 23 de mayo de 2010

"Les KlezmerS" y sus Instrumentos Anormales

La historia de "Les KlezmerS" es como un cuento de hadas en ídish. Comenzó hace más de cuarenta años y continúa aún hoy. Un verdadero récord.
Allá por los '40 la Estudiantina SHA, que lideraba el 'Negro' Derasner, era una actividad tradicional en el club Hebraica. De tímidos comienzos, año a año se había ido convirtiendo en una exitosa comedia musical a la que dedicaban sus esfuerzos socios con mucha voluntad y algunas condiciones. Había entre ellos pretendidos actores, bailarines, cantantes, humoristas, músicos. Todos, aficionados. Algunos, con el tiempo, se convirtieron en profesionales.
Los que componían la orquesta llegaron a destacarse. Eran cinco pibes y hacían sus primeras armas.
Distrayendo tiempo de sus estudios en el Sholem Aleijem, intentaban dominar sus instrumentos. No sólo tocaban piano, batería, guitarra, clarinete y violín, sino que intervenían en pasacalles humorísticos. La impericia era compensada por el caradurismo.
Con el correr de los años las Estudiantinas fueron languideciendo, pero el quinteto perseveró.
La experiencia adquirida la volcaron en un modestísimo pseudo show judío, en el que mezclaban música klezmer con humor en ídish. Fue así como, con naturalidad, surgió el nombre: "¡Oy vey, Les KlezmerS!". Sonaba exótico y europeo. Bah, por lo menos sonaba. Al poco tiempo le quitaron el "¡Oy vey!". Sonaba también, pero menos dramático.
Los neófitos artistas trataron de perfeccionarse y agregaron otros instrumentos nuevos, producto de sus delirios. De a poco, también, cada uno fue asumiendo un papel en el grupo, a saber:
Charly Lokshn Puchkin, por ejemplo, era una especie de monaguillo judío que asistía al oficiante del Templo de la calle Murillo. De ahí su remoquete: "El Monaguillo de Murillo". De vez en cuando el 'jazán' le permitía dirigir el coro, especialmente cuando ensayaban los Maitines Canónicos. Como valor agregado, Charly frotaba el violín.
El caso de Georgy Maronchik era distinto. Provenía del folklore telúrico. Lo dejaban cantar, a cambio de un par de tintos, en una peña mistonga, acompañándose con una guitarra prestada, más mistonga aún. Más o menos, según su mamá, prometía.
Mordje Mundshtein tenía una extraña voz, muy profunda y engolada. Era el 'speaker' en las transmisiones radiales de las zarzuelas españolas del Teatro Avenida y Goyescas, pero no lograba que lo dejaran cantar. Para consolarse, imitaba voluntariosamente el sonido del clarinete soplando un kazoo y era un aceptable ejecutante de vuvuzela.
Cachke Nudñik Cortsky era muy precoz. Ya en el kindergarten, en 1935, se las ingeniaba para tocar Mozart en el descangayado pianito de juguete de una octava. Por su exquisito y exigente oído absoluto -precursor pero muy superior al de Charly (García)- se quejaba siempre por la obvia desafinación del precario instrumento. Al cumplir tres añitos, Nudñik comenzó a estudiar Dirección de Catering, Piano, Solfeo y Composición de Textos en Frío con el muy riguroso Maestro Scaramuzza. A fuerza de reglazos en la punta de los dedos lo sacó bastante bueno, pero con sus dedos ya irreversiblemente mochos.
Dany Rabtshteiner, apodado "Nenete", merece mención especial. Sus progenitores querían que continuara la tradición boticaria familiar. Les dio el gusto. Estudió farmacia para que no lo hincharan más. Se recibió, pero frecuentemente se rajaba antes de hora del drugstore 25 horas del padre para aporrear un bombo legüero con "Los Misky-Misky del Eco Telúrico".
Los 'Misky' del Eco se disgregaron ante la carencia de eco. Y, sobre todo, porque les compró el nombre un fabricante de caramelos masticables.
Sin desanimarse, Nenete agarró la batería en la Estudiantina. De ahí al bombardino armado con un montón de latas (de duraznos Inca en almíbar, que son las más apropiadas) desfondadas y soldadas entre sí, había un solo paso. Y lo completó chapurreando chascarrillos en ídish, haciendo retruécanos, al principio sosos -luego también- con el impostado e imperturbable Mordje.
Las primeras actuaciones fueron sin propaganda ni nada, en comederos de tenedor libre, con comentarios de boca en boca de los concurrentes (sin interrumpir la masticación). Aun así, cada vez era mayor su popularidad. Por eso los llamó el obeso y calvo Emilio Flechter para que tocaran en su "Cantina Israelí" en canje por la magra pitanza nocturna. Los anunciaba pomposamente y con gran dispendiosidad en un (1) aviso mensual de una (1) columna por dos (2) centímetros en el "Ídishe Tzaitung". Eran, Emilio dixit, la "Gran Orquesta Espectáculo de Instrumentos Anormales Les KlezmerS".
Los viernes hacían de grupo soporte de "Bary Morral, su Quincho y su Trío The Gentleman". Los sábados, cuando los 'profesionales' tenían casamientos, bar mitzvá u otras yerbas similares, ellos eran las figuras centrales del show.
Habían clasificado su repertorio en dos categorías: 'kasher' y 'non-kasher'. Interpretaban temas tradicionales judíos, y también otros propios, inexorablemente en tonos menores (aclaremos que eran los únicos que dominaban).
Al principio sustraían a sus ídishe mames artefactos de la cocina tradicional judía, y los adaptaban. Ollas y lecheras abolladas varias, palanganas enlozadas cachadas varias; pesadas máquinas de hierro fundido de picar carne similares, por sus manivelas, a las de los organilleros con monito.
Vajillas de Pesaj incompletas y en desuso, de sonora porcelana inglesa; añosos termos de aluminio, de ésos con pliegues paralelos, que rellenados con 'farfalej' de Yanovsky Hnos. sonaban como una extraña combinación de güiro raspador y maraca metálica. 'Pishkes' (esas vetustas alcancías del Keren Kayemet Leisrael) rellenadas hasta la mitad con porotos de truco. Viejos candeleros de bronce, con variada afinación y variados restos de velas de colores; oxidados pulverizadores de Flit, conectados a varios 'jaliles' de distintos tonos. Y una celesta de teclas cariadas que había pertenecido a un tío medio cantor litúrgico, -bah: un "mulero"- del cementerio de Berazategui, ya retirado él.
Del 'Bar León', al que concurrían con asiduidad, porque les fiaban, hurtaron sigilosamente unos cuantos de sus tradicionales vasos de vidrio con guarda griega, para frotarlos en el borde una vez llenados con distintas medidas de té con jugo de límene (dejándolo enfriar previamente). El visionario inventor del jugo de limón "Minerva" los patrocinó donándoles una docena de envases de medio (1/2) litro, a condición de que lo anunciaran como "Único Fabricante: Racauchi".
(Continuará)
Collages: L.V.
Autorizada la reproducción del texto y collages, a condición de que no se mencione la fuente.





























































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































martes, 11 de mayo de 2010

De armenios y gitanos, de griegos y judíos

(Y de españoles, italianos, sirio libaneses, árabes...)
Afinado concierto y armonía entre inmigrantes
Armenios, gitanos, griegos, judíos. Más que diferencias, tenían muchas cosas en común. Al llegar a la Argentina sólo hablaban su idioma natal. Muy pocos tenían algún oficio o profesión. Venían huyendo de la miseria, en busca de la prosperidad. El camino más directo, casi el único entonces, era dedicarse al comercio.
Para todos ellos era una asignatura transitoriamente perdida escuchar las melodías de su lejano terruño. No habían traído registros sonoros, pero igual estaban demasiado ocupados procurando el diario sustento. Tener en cuenta algo 'trivial' como la música -en esa durísima época- les resultaba superfluo.
Poco a poco, cada colectividad se fue agrupando en sus propias asociaciones. Tras el mucho esfuerzo fue llegando gradualmente el merecido bienestar. Ahora sí tenían tiempo para festejos..
En los años '30 del siglo pasado, las canciones ancestrales comenzaron a ser fuertemente añoradas. No tenían discos de su patria, y tampoco partituras. Ni, cada etnia, músicos que las interpretaran. En los conventillos, los barrios porteños, especialmente en el Once, se mezclaban los "...sky", los "...ián" y los "...akis". Las colectividades convivían en armonía, cada una con comercios de su especialidad: telas, alfombras, ropa.
Las fiestas judías eran animadas por klezmorim casi aficionados. Uno de ellos, Leiser Wygoda, sabía -cosa excepcional- leer y escribir partituras musicales. Eso no era habitual y, por ende, Leiser era frecuentemente requerido para transcribir las canciones que aún estaban frescas en el recuerdo de los gringos ashkenazis.
Comenzó a divulgarse su habilidad. Tardó poco en llegar al conocimiento de armenios y griegos. Leiser iba pacientemente al encuentro de los ancianos, para escucharlos tararear sus canciones y pasarlas al pentagrama. Era un puro deleite para los que habían venido de Europa con su propio folclore sólo en la memoria y en el corazón.
Los inmigrantes gitanos, que se dedicaban a comerciar chatarra y vehículos usados en el barrio de La Paternal, vivían -aunque ya hubieran hecho fortuna- aferrados a sus enormes carpas tradicionales. Por boca a boca se enteraron de la existencia de Leiser. Y allí iba él con su orquesta a los surrealistas, pantagruélicos casamientos tziganos -que se prolongaban dos o tres días con sus noches- y les llevaba alegría.
Sobre grandes almohadones y magníficas alfombras diseminadas sobre el piso de tierra, en
medio de la humareda de los asadores donde se cocían insensatas cantidades de lechones, los jefes de las 'tribus' -de grandes bigotazos y aludos sombreros negros- brindaban reiteradamente por la buenaventura de los novios. Sus mujeres, de largas y coloridas faldas, cabezas empañoladas sobre generosas trenzas oscuras en las que se entrelazaban monedas de oro, y con múltiples collares y anillos, -también de oro- a pesar de la barahúnda dedicaban calmosamente su tiempo a tirarse mutuamente las cartas o a practicar la quiromancia. Infinidad de chicos jugaban correteando por toda la carpa y sus alrededores, enredándose entre las piernas de los bailarines y el cotorreo de sus madres.
Los hombres alternaban los vasos de vodka ruso, ouzo griego, pastís de Marsella y cerveza de cualquier origen. Achispados, el cansancio los empujaba a dormitar brevemente en algún rincón antes de volver a la jarana. La combinación de ajetreo, humo y polvareda, gritos, música estridente, algarabía y alcohol conformaba un alucinante aquelarre urbano. Los músicos no podíamos soltar los instrumentos ni por unos instantes: parar la música festiva era impensable. Sólo había cortísimos descansos alternados.
Al ir elevándose el nivel cultural y económico, para las Iglesias Ortodoxas Armenia y Griega llegó el momento de programar conciertos sinfónicos. En ambos casos fue, paradójicamente, el klezmer judeo/ucraniano Wygoda quien dirigió, con arreglos propios, orquestas de más de cincuenta integrantes, interpretando fielmente el rico patrimonio musical de cada colectividad.
Además, animaba habitualmente esas fiestas donde la danza colectiva era acompañada por el eufórico lanzamiento incansable de platos al piso.
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Es curioso y alentador. Las primeras generaciones nacidas aquí, para sentir que se integraban definitivamente, dejaron un poco de lado las tradiciones de sus padres inmigrantes. Pero luego se produjo lo que podríamos llamar un "puenteo generacional". Los nietos recurrieron a sus abuelos para conocer sus orígenes. Es así como muchos han vuelto a sus comunidades, integrando coros, conjuntos de bailes folclóricos, cursos de idioma e historia de sus ancestros.
La música tuvo mucho que ver con estos gratos retornos. Demostró que se puede ser muy argentino sin abandonar las tradiciones de sus pueblos originarios. Y convivir sin odiosas discriminaciones.

leovigoda@gmail.com








miércoles, 3 de febrero de 2010

El Palacio del Músico BIS

Ante las dificultades para leer el "Quincecálogo" en su versión facsimilar, espero que esta transcripción, haciendo click en la imagen para agrandarla, pueda ser útil para apreciar esta joya literaria. Nuevamente, de nada.

El "PALACIO DEL MÚSICO"

¿Realismo Mágico o Leyenda Urbana?
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-Oiga, maestro: ¿no tiene algo de vidrio para comer?
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El "Palacio del Músico" estaba plagado de carteles tipo 'Si no tiene nada que hacer, no lo venga a hacer aquí', 'Hoy no se fía, mañana veremos', etc., etc. Yo, que vivía en pleno shmOnce, a tres cuadras, como tantos otros vagos me hacía el desentendido y pasaba horas y días ahí.
Trataba -infructuosamente, claro- que le cambiaran el nombre por "El Palacio del Klezmer", que yo consideraba más acorde y atractivo dada la ubicación del rasposo local -Junín 372, entre Corrientes y Sarmiento- en las proximidades del 'Ídishe Catering Brusilovsky', de 'Szmedra, el Rey David del Pastrom Caliente', la Hebraica, 'Asturias' -el bar de los mozos paisanke-, el 'Mini Bar' -lugar de rasque de los pendex de la SHA sin auto-, una constelación de compra/ventas tipo 'Las Tres Bolas', igualitas a la que había sido el 'Palacio del Sagrado Saco Inmaculado', de Don Percán Senior.
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Cofundadores, en 1955, del grupo "The Swing Timers", el 'Negro' González y Mauricio Percán unieron sus juveniles y enérgicos entusiasmos para dedicarse a comerciar instrumentos musicales y otras menudencias. Para empezar, ¿qué sitio era el más indicado (y barato...) ?: la decadente "Percan's Clothes".
Resignado, el padre de Mauricio los dejó hacer. Para qué...
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En el boliche las tardes transcurrían plácidamente entre charlas jocosas, anécdotas frescas de la noche anterior, comentarios mordaces sobre las aptitudes musicales de colegas ausentes, delirios contractuales de utópicas giras mundiales, y lectura de ojito del último best seller de Sam Lerman: "Cómo aprender a tocar la batería. Sin música, sin notas, sin maestro".
Sam era también el pergeñador del rígido y disciplinante "Quincecálogo del Palacio del Músico", obra cumbre del ingenio mediterráneo -de la provincia de Córdoba-, que NO ha perdurado hasta nuestros días.



Soy privilegiado poseedor de un ejemplar original, y para beneplácito y culturización de ustedes, amables seguidores míos, lo reproduzco facsimilarmente. (Click sobre la imagen para ampliarla. De nada.)

Cada tanto, raramente, caía algún incauto que soñaba con 'la pinta de Carlos Gardel' , creyendo que bastaba con sacudir un par de maracas sin municiones, ignorando que el único que lo había logrado era Ortega (Ramón Bautista). Comprara o no comprara, el pavote era rápidamente despachado. No podíamos tolerar su interrupción de nuestra fascinante y sesuda charla 'profesional'.
Hasta que un día cayó El Fakir............................................................

Vuelvan a leer las palabras transcriptas al comienzo de este relato. Eran de rutina. Pero ningún manguero, jamás, había pedido vidrio para morfar. Así que paramos la oreja, nos miramos intrigados, y lo hicimos entrar. Era para la joda, pero el filipipón insistió: -¿Alguna lamparita vieja, algún tubito quemado, no tienen, eh? En medio de un silencio sepulcral, el Negro vio, allá arriba, entra las telarañas, una triste y solitaria bombita de 25, muerta en 1918, y que jamás a nadie se le había ocurrido reemplazar. Mauricio, el más veterano en el lugar, se trepó a un jurásico ropero provenzal, de ahí a una silla descangayada, y bajó la lamparita entre aplausos al saltimbanqui. -¿Te la enjuagamos? -dijo, comedido, alguien.



¡No, Maestro! ¡Así es más sabrosa!-, contestó el Fakir, como si la roña de cuarenta años fuera aceto y oliva. Había que verlo, concentrado, machacando y mascando la ex-luminaria, dejando el palito central, con filamento y todo, para el postre. El casquillo roscado, dijo, lo guardaba por si le agarraba apetito por las noches. Era algo.

Se quedó con hambre. Juntamos unos mangos para comprar tres lamparitas de 25 y dos tubos fluorescentes. Por su alto contenido de lípidos y Omega 3, éstos últimos eran para el quía un "Bocatto di Cardenale". Ahíto, se mandó un sonoro greptz, y pidió ir al water closet. Eso sí, aclaró cortésmente: -Si no es demasiada molestia, podrían acondicionarme la tabla con esto?"-, y sacó del bolsillo una caja de chinches Sifap x 100 unid.

Uno de los insignes concurrentes de ese inolvidable día tocaba en la orquesta estable de "Sábados Circulares", y le llevó nuestra joya en bruto al boss. Ver en acción al fakir e incluirlo en su staff de freaks fue todo uno para el inefable Pipo Mancera. El Fakir, bautizado 'Ohm-Ganges-Brahmaputra-Ohm', debutó al sábado siguiente, junto con un travesti cosaco, "Pete", perseverante tragasables, y "El Enano Más Alto de la Galaxia", acompañado por sus orgullosos progenitores. Nuestro Golden Boy les pasó el trapo a todos y quedó efectivo con contrato en blanco, obra social del Sindicato del Vidrio, cama de clavos 'King Size', proveeduría luminística y todo. El jugoso porcentaje de Representantes, cobrado por la urgentemente formada 'Fakir SRL' permitió que hoy, después de medio siglo de vida licenciosa y disipada, el Negro y Mauricio hayan podido resucitar el sórdido y húmedo sótano de "Jazz & Pop".

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A mí me quedó de por vida una culpa irredimible por no haber hecho poner en la TV un cartel advirtiendo a niños, opas, memos, lelos y demás yerbas que no intentaran imitar al Fakir "Ohm".

Por esa imperdonable omisión mía, desde entonces, los argentinos somos propensos a comer vidrio.


Collages: L.V. Se permite su reproducción.
leovigoda@gmail.com


martes, 22 de diciembre de 2009

Reivindicación del Tate*

*Este cuento, basado en un hecho real, no se refiere a una colectividad específica. Es un pequeño homenaje a los tantos padres inmigrantes de cualquier credo o nacionalidad, que de patrias lejanas vinieron a la Argentina promisoria, con el único bagaje de su voluntad laboriosa y su claro concepto de la vida familiar.
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La ídishe mame ya es un ícono consagrado, no sólo judío sino universal, y en todas las vertientes psicoanalíticas. Bastaría con preguntarle a Woody Allen, si no...
Ya es tiempo de hablar del injustamente postergado ídisher tate, el padre judío, que también tiene lo suyo.
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Al volver a casa, a las seis de la mañana de ese domingo, yo no tenía en claro si mi padre recién se levantaba, o si no se había acostado aún. Como siempre, estaba esperándome con un mate recién hecho, y eran evidentes sus ganas de charlar un rato conmigo. Yo ya estaba acostumbrado: antes de irme a dormir tenía que contarle detalladamente cómo había salido la fiesta de la noche anterior. Papá se bebía, literalmente, los detalles y las anécdotas. Nunca faltaba alguna nueva e insólita.
Lázaro estaba retirado, pero seguía sintiendo la misma pasión por la música de toda la vida. Tocaba su clarinete, su trompeta o el piano. Componía, enseñaba, escribía orquestaciones, escuchaba por radio las novedades para estar al día. Nunca le faltaba papel pentagramado, que llenaba con su precisa -y preciosa- caligrafía musical.
Yo, que me dedicaba fervorosamente al hot en la pionera 'Guardia Vieja Jazz Band', cuando se retiró me puse al frente de su orquesta con gran placer y orgullo, para no interrumpir la tradición familiar. Modernicé detalles, sí, pero tratando siempre de respetar el ancestral espíritu del klezmer que me había sido legado por mis varios antepasados músicos.
En esos primeros tiempos aún no conocía personalmente a las familias que habían contratado a mi viejo, pero que aceptaban que yo lo reemplazara.
Mientras me desprendía del esmóquin, la transpirada camisa de etiqueta y el moñito, entablamos este diálogo:
-¿Qué tal? ¿Todo bien?
Chupé el mate. -Sí papá. Fue una muy buena fiesta, muy alegre, pero...
-¿Pero qué, hijo?
-No sé. Había algo raro, como si ese ambiente no fuera habitual para ellos.
Se tomó su tiempo, pensó, y me respondió.
-Mirá, querido, por lo que sé, el casamiento prometía ser -y me confirmás que lo fue- de primera: ceremonia en el Libertad, fiesta en el Savoy, empresario, el mejor. Orquesta, la nuestra. ¿Qué más se puede pedir? El padre de la novia no mezquinó absolutamente nada.
Cebé otro amargo. -Sí, es verdad, pero tuve la sensación de que el hombre no estaba acostumbrado a ese tipo de lugar, tan suntuoso. Se lo veía contentísimo, sí, pero como sapo de otra laguna. Él -y todos- se movían con cierta timidez.
-Ya que eso es lo que te pareció, voy a contarte una historia interesante, quizá conmovedora. Ese señor llegó a la Argentina hace unos veinticinco años. Tuvo una única hija, la luz de sus ojos, como se dice. Le dió la mejor, la más completa educación, y muchas otras cosas más, todas las que estuvieron a su alcance. Ningún esfuerzo era demasiado, si era por su familia y, especialmente, su hija. Y finalmente ella se puso de novia con un buen muchacho.
Cuando esa hija nació, el padre -con la total aprobación de su mujer, claro- se hizo a sí mismo una promesa: le daría la mejor fiesta de casamiento posible, costare lo que le costare. Esa noche sería digna de una princesa y, en consecuencia, él se sentiría un rey. Y ya ves, parecería que lo logró.
-Pero lo que me contás no explica que este padrino se viese incómodo en su jaquet, como si se sintiera un extraño en esos lugares.
-¿Cuál suponés que es la ocupación de ese padre?
-No sé. Por lo que le costó todo esto, debe ser un importante industrial, un fuerte comerciante, o algo así...
-No, hijo, no. Para cumplir sus sueños, que son los mismos de tantos humildes inmigrantes, esta noche gastó todos, absolutamente todos sus ahorros. Podemos estar o no de acuerdo con su actitud, pero él seguramente es ahora muy feliz, aunque quedó como cuando recién había llegado: con una mano atrás y la otra adelante. Y a empezar de nuevo. Mañana, lunes, regresará al trabajo que tiene desde hace veinticinco años.
-¿Qué hace?
Mi viejo dio una larga chupada al mate, me miró intensamente, y dijo:
-Es estibador, carga bolsas en el puerto.
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Collage: L.V. - Se autoriza su reproducción.

leovigoda@gmail.com



jueves, 17 de diciembre de 2009

Ayer, al Picnic en Tranway. Hoy, en la 4 x 4 al Country

Así fueron los comienzos...

Mi viejo, recién arribado a la Argentina, tenía que ir a tocar en un picnic en Barrancas de Belgrano. Tomaba el tranvía en Liniers pero, al no saber donde bajarse, ni entender ni leer aún ni una palabra de castenalle, le preguntó a un paisano más canchero cómo llegar. Éste le dijo que se bajara en la parada final.
-¿Como se que es la parada final?-, repreguntó en ídish.
El 'experto' le aclaró, también en ídish: -Cuando veas que el motorman estaciona, descansa y se fuma un cigarrillo, ahí te bajás.
Mi viejo se sentó en la primera fila y, expectante, no sacó los ojos del conductor, esperando que prendiera un cigarrillo. Cosas de inmigrante crudito: dio tres vueltas completas del tranway, y pagó tres boletos. A él, justamente, le había tocado el único motorman que no fumaba...
A pesar de todo, mi viejo llegó finalmente al picnic. Exhausto, retrasado, transpirado, pero llegó. Con su corneta y el clarinete bajo el brazo, tarjetas para repartir, el repertorio y los atriles. En pleno verano, de traje oscuro con chaleco, corbata y cuello duro.
Esos picniqueros que lo estaban esperando venían de la vida precaria y las persecusiones europeas. Muchos de ellos hallaron la prosperidad en América. Sabían que sólo con empeño empecinado se podía hacer la América. Para los inmigrantes, toda oportunidad era buena para festejar. Por eso los músicos, los klezmer, no podían estar ausentes en los casamientos, los bar mitzvá y las fiestas anuales de los farein, los sindicatos de trabajadores judíos. Con regularidad se hacían picnics veraniegos de confraternidad. Se juntaban en 'Recreos' ubicados en lo que en esa época, -primera mitad del siglo XX- eran considerados lejanos campos de las afueras de la capital: Barrancas de Belgrano, Núñez, Punta Chica, Tigre...
Los judíos laburantes de Villa Crespo, el Once o Barracas escapaban por un día del trabajo esforzado, de los adoquines ardientes, para hacer vida sana en familia sobre pasto y tierra, cerca del río marrón, con enormes barras de hielo en tambores metálicos, para refrescar las bebidas. Sentados en tambaleantes bancos de madera frente a los largos tablones/mesas sobre caballetes, los picniqueros sudaban embutidos en trajes negros de grueso paño inglés. Tardaban un buen rato en decidir desprenderse del saco y, no siempre, del chaleco. Sólo se concedían un respiro aflojando los cuellos duros postizos y las corbatas asfixiantes. Brindaban con Bilz, naranjín, cerveza y shnaps de ginebra Bols antes de largarse a bailar freilajs y paso dobles sobre el pasto ralo, al ritmo de los klezmer. Sus esposas desplegaban sobre manteles a cuadros el contenido de la canasta de víveres. Arenque, pepino en salmuera, knishes, latkes y goldene iuj, pan koilich casero, el mate y la yerba.
Los chicos, de pantaloncito corto con tiradores e infaltable gorra en la cabeza, potreaban en el barrizal que había dejado la última lluvia. Estaban 'en el campo' y lo gozaban, hasta que oían las previsibles, castradoras reprimendas de la idishe mame, todas de corrido: "-¡No corás! ¡No te ensuciés con ese baro! ¡No te juntés con esos bosiakes, esos aturantes! ¡No jugués a la pelote que sudás y después te resfriás, y te viene la paplektsie, y te morís! ¿Qué va decir la gente de mí? ¡No te saqués el pulióver, para algo te lo puse! ¡Oy vey! ¡Si sabía no te traía a disfriutar del campo! (sic)
Al amparo de algún paredón de ladrillos, bajo la sombra fresca de un añoso árbol con ramas que servían para que colgaran sus ranchos con cinta negra, en mangas de camisa, con tiradores y con un pañuelo anudado al cuello, los músicos formaban una especie de precursora "Klezmer-Jazz-Típica-Fusión Band". Violines y bandoneones, tubas y clarinetes, cornetas y trombones, bombos y platillos, tocaban todos juntos, al unísono y sin respiro, valses, tangos, shers, polkas y los fox-trots, charlestons y shimmys de moda.
Un variado repertorio, cuyas partituras desplegaban sujetas con broches de madera a los atriles, amenizaba el evento. Y las patas de los atriles se hundían en el pasto húmedo. Si había viento las hojas de música echaban a volar. Ni qué hablar si se largaba a llover. El desparramo era tal que la empapada Comisión Directiva en pleno, reunida de urgencia bajo un techito, decidía firmemente: "-¡El año que viene alquilamos un salón, y basta de picnics! ¡Basta de farshterenisht, basta de amarguras!".
Tenían la memoria floja. Al año siguiente buscaban otro recreo. Eso sí, más cerca del Once, Villa Crespo y/o Barracas. Que tuviese quincho. Que no tuviese barro. Pero, por si acaso, para que no se desatase un temporal, rezaban.
Cuando al rato paraba de llover, una zambullida venía bien. Calzando una malla de lana peluda con pechera, y con una estratégica pollerita que disimulaba las prominencias, los hombres, con su salida de baño de tela toalla, a rayas bordeaux y gris, ajustada con un cinturón trenzado, de nudos con borlas desflecadas, iban a los saltitos hasta el agua terrosa.
De atrás escuchaban las latosas reconvenciones de la patrona, también de corrido:
-¡No te me metás después de comer sandía! ¡Cuidá al nene que recién pude conseguir que me coma algo! ¡Fijate si no es hondo! ¡Siempre te digo que me aprendás a nadar! ¡No te me embarés la cabeza! ¡A la salida ponete la salida! ¡No me tomés frío! ¡No me tragués agua! ¡No me mirés shikses! ¡Acordate de tus riniones y de tu kile, tu hernia! ¡Ah, y mucho ojo con tu prióstata! (sic).
Si no había sol, la maledetta malla de lana, sin secarse, picaba más todavía. Si Febo asomaba, los bañistas se ampollaban hasta el delirio, con el dibujo de la pechera recortado en blanco. "-Yo ya te lo dije antes de venir...", era el broche de la reprimenda. "-Menos mal que me traje el ólio calcário... como siempre, yo tengo que pensar en todo".
Mate con facturitas. Luego, un vermucito con sifón y guijarros de yelo martillado en los restos de las barras de hielo. Y una picadita, sin exagerar. Salame, quesito, pickles, aceitunas, que habían sobrevivido a las moscas en la jaula fiambrera de tela mosquitero, parcialmente obturada por los mismos insectos frustrados y furibundos. "-Lo que me sobró lo llevamos para fresn en la cena de hoy, y el desayuno, almuerzo, merrienda y cena de mañana. Como fiambre, eh..."
Se iba el sol y, cual kamikazes, venían los mosquitos a confabularse con las hormigas, las moscas y los bichos colorados.
Espiral y palmeta, autocachetazos y a rascarse las ronchas. Eso indicaba que había llegado la hora de huir. Con el pasodoble "El sombrero", los klezmer daban por finalizado el pomposamente anunciado "Gran PicNic Aniversario, Gran". Mientras tocaban, todos juntos, iban embalando por turno sus instrumentos, plegando los atriles embarrados, guardando las hojas de músicas húmedas.
Todos, picniqueantes y klezmer, con el rancho sobre la cabeza mojada, las madres cargando los chicos dormidos y las cestas, corrían a tomar el último tranvía.
El baterista ponía el bombo -con luz interior y paisajes- y la valija adelante, al lado del motorman quien, estimulado por la generosa propina de cinco o diez centavos, los iba pasando de un costado al otro cuando cambiaba de puerta. Adentro, el guarda cobraba los boletos y cada tanto corría a poner en su lugar el trolley que había zafado del cable aéreo de electricidad.
Iban llegando a su destino. Los cuasi destruídos pasajeros tiraban de las piolitas de la campanilla para indicar que querían bajarse en la próxima parada. El tranvía iba quedando cada vez más vacío. La euforia de la mañana dominguera era suplantada por el melancólico atardecer, víspera del lunes.
Al arribar a la parada final, el motorman bajaba su ventanilla delantera (una especie de parabrisas plano con marco de madera), izaba el salvavidas, -también llamado miriñaque- pisaba el pedal que dejaba caer arena sobre las vías, abría las puertas laterales para ir ventilando, aseguraba la larga palanca de hierro para hacer los cambios de vía, se sacaba la gorra, que ostentaba una placa de bronce con su número, para secarse la frente, abría la cubierta del motor para revisar los contactos, lustraba la manivela de bronce, cambiaba el cartel que indicaba el destino, cerraba el motor, agarraba la manivela, iba callordamente a la otra punta del vehículo, ponía el cartel con el destino opuesto, colocaba la manivela en el otro motor, tomaba la soga para invertir la orientación del trole, haciendo en los adoquines un gran giro semicircular que parecía un paso de ballet, bajaba un asientito de madera de roble con bisagras de bronce que había -para él o para el guarda- al lado de cada uno de los motores, y se sentaba, aflojaba el saco del uniforme de gruesísimo paño gris, se sacaba por un ratito los zapatones y (éste sí) se fumaba un Fontanares negro. Ufff...
Entretanto el guarda, sin largar la boletera cromada cilíndrica ni la faltriquera con la recaudación, iba dando vuelta hacia el nuevo destino los respaldos de los asientos, de madera o esterilla. (Hasta hace muy pocos años, antes de que trajeran los vagones japoneses, en los subtes se hacía lo mismo, ¿recuerdan?)Y, sí. El lunes había que volver a la rutina. El trabajo, la cocina o el colegio. Y mandar a revelar las fotos de la maquinita Kodak de cajón. Aunque borrosas, por lo menos son un tierno y nostálgico recuerdo de nuestros ancestros, para nosotros, hoy.(Collages y dibujos: L.V. Se autoriza su reproducción.

viernes, 11 de diciembre de 2009

¡Mamita, Mamita, Mamitaaa! (3, fin)

Con la turbadora omnipresencia de la espeluznante urna, la lluviosa y gris tarde de domingo languidecía entre apolillados recuerdos, prescindibles anécdotas y desteñidas fotos del álbum de Mamita que sacaron del aparador.
Estaba forrado con manoseado símil Cuero de Rusia, y ornado con un título en letras góticas que alguna vez fueron doradas.
La carátula gritaba : "¡¡¡Mamita Querida!!!. Así, con tres signos de admiración.
Yo miré de refilón el reloj. El Flaco, suspirando ante una amarillenta foto sepia sujeta con esquineros dorados sobre la cartulina gris cubierta con papel araña transparente, comentó emocionado:
-Y lo suave que era el cutis de Mamita...

Desprevenida e ingenuamente, mi noviecita abrió la Caja de Pandora. No tuvo mejor idea que preguntar: -¿Era muy suave?
Para qué. Rojo de indignación, el Gordo les bramó a sus hermanos:
-¡No podemos privar a esta chica de saber, de palpar, cómo era el cutis de Mamita!
Rauda y diligente, Raquelita trajo del siniestro vientre de su dormitorio una blanca mascarilla mortuoria de yeso. No, no era la clásica de Beethoven, la de las clases de dibujo.
Entre temblores y transpiración fría reconocí las inconfundibles facciones mofletudas de aquella cuyas cenizas estaban ante y entre nosotros.
-La mandamos a hacer como último recuerdo cuando la perdimos, para acariciarla todas las mañanas, y especialmente para estas oportunidades. ¡Tocá, tocá m'hijita, no te lo pierdas, tocá qué cutis!
El Gordo aferró el brazo agarrotado de la pálida y aterrada Bettyta. El Flaco colaboró acercando la mano de mi novia a la tétrica mascarilla post mortem, para que la rozara con sus dedos temblorosos. Raquelita observaba la tierna escena con mirada beatífica y las manos entrecruzadas. Y a mi, estrangulada la voz, me sacudían más y más escalofríos.
Los Idersca estaban todos, los tres lunáticos gerontes y la esperpéntica difunta, sonriendo ominosamente. Tal cual, como si fueran patéticos remedos de la Adams Family.
...
En los '60, Betty A., a pesar de haber conocido esos parientes, se casó conmigo porque yo era klezmer.
Veinte años después, en los '80, Betty M. escuchaba pacientemente una y mil veces esta necrófila historia. Pasados ya 30 años, aún no me pidió el divorcio. Increíble.
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Collages y dibujos: L.V. Autorizada su reprodución.