jueves, 17 de diciembre de 2009

Ayer, al Picnic en Tranway. Hoy, en la 4 x 4 al Country

Así fueron los comienzos...

Mi viejo, recién arribado a la Argentina, tenía que ir a tocar en un picnic en Barrancas de Belgrano. Tomaba el tranvía en Liniers pero, al no saber donde bajarse, ni entender ni leer aún ni una palabra de castenalle, le preguntó a un paisano más canchero cómo llegar. Éste le dijo que se bajara en la parada final.
-¿Como se que es la parada final?-, repreguntó en ídish.
El 'experto' le aclaró, también en ídish: -Cuando veas que el motorman estaciona, descansa y se fuma un cigarrillo, ahí te bajás.
Mi viejo se sentó en la primera fila y, expectante, no sacó los ojos del conductor, esperando que prendiera un cigarrillo. Cosas de inmigrante crudito: dio tres vueltas completas del tranway, y pagó tres boletos. A él, justamente, le había tocado el único motorman que no fumaba...
A pesar de todo, mi viejo llegó finalmente al picnic. Exhausto, retrasado, transpirado, pero llegó. Con su corneta y el clarinete bajo el brazo, tarjetas para repartir, el repertorio y los atriles. En pleno verano, de traje oscuro con chaleco, corbata y cuello duro.
Esos picniqueros que lo estaban esperando venían de la vida precaria y las persecusiones europeas. Muchos de ellos hallaron la prosperidad en América. Sabían que sólo con empeño empecinado se podía hacer la América. Para los inmigrantes, toda oportunidad era buena para festejar. Por eso los músicos, los klezmer, no podían estar ausentes en los casamientos, los bar mitzvá y las fiestas anuales de los farein, los sindicatos de trabajadores judíos. Con regularidad se hacían picnics veraniegos de confraternidad. Se juntaban en 'Recreos' ubicados en lo que en esa época, -primera mitad del siglo XX- eran considerados lejanos campos de las afueras de la capital: Barrancas de Belgrano, Núñez, Punta Chica, Tigre...
Los judíos laburantes de Villa Crespo, el Once o Barracas escapaban por un día del trabajo esforzado, de los adoquines ardientes, para hacer vida sana en familia sobre pasto y tierra, cerca del río marrón, con enormes barras de hielo en tambores metálicos, para refrescar las bebidas. Sentados en tambaleantes bancos de madera frente a los largos tablones/mesas sobre caballetes, los picniqueros sudaban embutidos en trajes negros de grueso paño inglés. Tardaban un buen rato en decidir desprenderse del saco y, no siempre, del chaleco. Sólo se concedían un respiro aflojando los cuellos duros postizos y las corbatas asfixiantes. Brindaban con Bilz, naranjín, cerveza y shnaps de ginebra Bols antes de largarse a bailar freilajs y paso dobles sobre el pasto ralo, al ritmo de los klezmer. Sus esposas desplegaban sobre manteles a cuadros el contenido de la canasta de víveres. Arenque, pepino en salmuera, knishes, latkes y goldene iuj, pan koilich casero, el mate y la yerba.
Los chicos, de pantaloncito corto con tiradores e infaltable gorra en la cabeza, potreaban en el barrizal que había dejado la última lluvia. Estaban 'en el campo' y lo gozaban, hasta que oían las previsibles, castradoras reprimendas de la idishe mame, todas de corrido: "-¡No corás! ¡No te ensuciés con ese baro! ¡No te juntés con esos bosiakes, esos aturantes! ¡No jugués a la pelote que sudás y después te resfriás, y te viene la paplektsie, y te morís! ¿Qué va decir la gente de mí? ¡No te saqués el pulióver, para algo te lo puse! ¡Oy vey! ¡Si sabía no te traía a disfriutar del campo! (sic)
Al amparo de algún paredón de ladrillos, bajo la sombra fresca de un añoso árbol con ramas que servían para que colgaran sus ranchos con cinta negra, en mangas de camisa, con tiradores y con un pañuelo anudado al cuello, los músicos formaban una especie de precursora "Klezmer-Jazz-Típica-Fusión Band". Violines y bandoneones, tubas y clarinetes, cornetas y trombones, bombos y platillos, tocaban todos juntos, al unísono y sin respiro, valses, tangos, shers, polkas y los fox-trots, charlestons y shimmys de moda.
Un variado repertorio, cuyas partituras desplegaban sujetas con broches de madera a los atriles, amenizaba el evento. Y las patas de los atriles se hundían en el pasto húmedo. Si había viento las hojas de música echaban a volar. Ni qué hablar si se largaba a llover. El desparramo era tal que la empapada Comisión Directiva en pleno, reunida de urgencia bajo un techito, decidía firmemente: "-¡El año que viene alquilamos un salón, y basta de picnics! ¡Basta de farshterenisht, basta de amarguras!".
Tenían la memoria floja. Al año siguiente buscaban otro recreo. Eso sí, más cerca del Once, Villa Crespo y/o Barracas. Que tuviese quincho. Que no tuviese barro. Pero, por si acaso, para que no se desatase un temporal, rezaban.
Cuando al rato paraba de llover, una zambullida venía bien. Calzando una malla de lana peluda con pechera, y con una estratégica pollerita que disimulaba las prominencias, los hombres, con su salida de baño de tela toalla, a rayas bordeaux y gris, ajustada con un cinturón trenzado, de nudos con borlas desflecadas, iban a los saltitos hasta el agua terrosa.
De atrás escuchaban las latosas reconvenciones de la patrona, también de corrido:
-¡No te me metás después de comer sandía! ¡Cuidá al nene que recién pude conseguir que me coma algo! ¡Fijate si no es hondo! ¡Siempre te digo que me aprendás a nadar! ¡No te me embarés la cabeza! ¡A la salida ponete la salida! ¡No me tomés frío! ¡No me tragués agua! ¡No me mirés shikses! ¡Acordate de tus riniones y de tu kile, tu hernia! ¡Ah, y mucho ojo con tu prióstata! (sic).
Si no había sol, la maledetta malla de lana, sin secarse, picaba más todavía. Si Febo asomaba, los bañistas se ampollaban hasta el delirio, con el dibujo de la pechera recortado en blanco. "-Yo ya te lo dije antes de venir...", era el broche de la reprimenda. "-Menos mal que me traje el ólio calcário... como siempre, yo tengo que pensar en todo".
Mate con facturitas. Luego, un vermucito con sifón y guijarros de yelo martillado en los restos de las barras de hielo. Y una picadita, sin exagerar. Salame, quesito, pickles, aceitunas, que habían sobrevivido a las moscas en la jaula fiambrera de tela mosquitero, parcialmente obturada por los mismos insectos frustrados y furibundos. "-Lo que me sobró lo llevamos para fresn en la cena de hoy, y el desayuno, almuerzo, merrienda y cena de mañana. Como fiambre, eh..."
Se iba el sol y, cual kamikazes, venían los mosquitos a confabularse con las hormigas, las moscas y los bichos colorados.
Espiral y palmeta, autocachetazos y a rascarse las ronchas. Eso indicaba que había llegado la hora de huir. Con el pasodoble "El sombrero", los klezmer daban por finalizado el pomposamente anunciado "Gran PicNic Aniversario, Gran". Mientras tocaban, todos juntos, iban embalando por turno sus instrumentos, plegando los atriles embarrados, guardando las hojas de músicas húmedas.
Todos, picniqueantes y klezmer, con el rancho sobre la cabeza mojada, las madres cargando los chicos dormidos y las cestas, corrían a tomar el último tranvía.
El baterista ponía el bombo -con luz interior y paisajes- y la valija adelante, al lado del motorman quien, estimulado por la generosa propina de cinco o diez centavos, los iba pasando de un costado al otro cuando cambiaba de puerta. Adentro, el guarda cobraba los boletos y cada tanto corría a poner en su lugar el trolley que había zafado del cable aéreo de electricidad.
Iban llegando a su destino. Los cuasi destruídos pasajeros tiraban de las piolitas de la campanilla para indicar que querían bajarse en la próxima parada. El tranvía iba quedando cada vez más vacío. La euforia de la mañana dominguera era suplantada por el melancólico atardecer, víspera del lunes.
Al arribar a la parada final, el motorman bajaba su ventanilla delantera (una especie de parabrisas plano con marco de madera), izaba el salvavidas, -también llamado miriñaque- pisaba el pedal que dejaba caer arena sobre las vías, abría las puertas laterales para ir ventilando, aseguraba la larga palanca de hierro para hacer los cambios de vía, se sacaba la gorra, que ostentaba una placa de bronce con su número, para secarse la frente, abría la cubierta del motor para revisar los contactos, lustraba la manivela de bronce, cambiaba el cartel que indicaba el destino, cerraba el motor, agarraba la manivela, iba callordamente a la otra punta del vehículo, ponía el cartel con el destino opuesto, colocaba la manivela en el otro motor, tomaba la soga para invertir la orientación del trole, haciendo en los adoquines un gran giro semicircular que parecía un paso de ballet, bajaba un asientito de madera de roble con bisagras de bronce que había -para él o para el guarda- al lado de cada uno de los motores, y se sentaba, aflojaba el saco del uniforme de gruesísimo paño gris, se sacaba por un ratito los zapatones y (éste sí) se fumaba un Fontanares negro. Ufff...
Entretanto el guarda, sin largar la boletera cromada cilíndrica ni la faltriquera con la recaudación, iba dando vuelta hacia el nuevo destino los respaldos de los asientos, de madera o esterilla. (Hasta hace muy pocos años, antes de que trajeran los vagones japoneses, en los subtes se hacía lo mismo, ¿recuerdan?)Y, sí. El lunes había que volver a la rutina. El trabajo, la cocina o el colegio. Y mandar a revelar las fotos de la maquinita Kodak de cajón. Aunque borrosas, por lo menos son un tierno y nostálgico recuerdo de nuestros ancestros, para nosotros, hoy.(Collages y dibujos: L.V. Se autoriza su reproducción.

3 comentarios:

  1. Leibl, mi mama me contaba que cuando iba al cine en Tucuman, se llevaba un sifon y cocletn (albondigas). Que tiempos extraordinarlos!!!
    A kish in punem, Fernando Gelbard, pensador part-time.

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  2. Ingale,,,!Que pintura exquisita! Te cuento que yo he tocado en uno de esos picnics, no idishe sino gallegos, y eran lo mismo. Cada colectivida teniasu "Dia de Campo", y alli los musicos hacian llorar a las viejas con las melodias del terruñolejano, Buenisimo,amigo Leo. Muy ARLT. bravo bravo. JERRY

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  3. BUENISIMO!!! Gracias...

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